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CONOCER PARA
PROTEGER:
¿Cómo se puede contribuir, de forma
individual, a preservar los paisajes
submarinos?.
Por un lado, mejorando nuestros propios
conocimientos sobre el medio
ambiente, por otro, adoptar una
disciplina personal, que sea un
verdadero
"código de conducta del buceador".
Hoy en día son pocos los buceadores que
tienen un conocimiento amplio del
medio acuático.
Es necesario tomar cursos de biología
submarina, cursos de ictiología,
consultas de guías ecológicas y, sobre
todo, muchas inmersiones de
observación, se necesitan para
comprender las riquezas del mundo
submarino.
Los cursos, organizados por las
Federaciones, clubes de buceo o
Universidades, son el mejor método para
"lanzarse" y empezar a adquirir
las nociones básicas teóricas y
prácticas que nos serán tan útiles:
elementos
de sistemática (clasificación de los
organismos vivientes), de ecología y de
protección del medio.
Estos cursos tienen el inconveniente de
que son de corta duración, pero el
aprendizaje debe continuar por nuestra
cuenta.
Un conocimiento escaso del medio que le
rodea, debería poner en guardia al
buceador para que respetara ciertas
reglas, que son las que conseguirán
que conservemos nuestro patrimonio
submarino de la mejor manera, es decir,
sin que la presencia humana destruya a
su paso el entorno acuático. El
buceador debe pasar inadvertido para el
mundo sumergido.
Paso aquí una
lista, que se puede ir completando, de
cosas que no debemos
hacer:
No
sacar nada a la superficie ni flora ni
fauna (erizos, estrellas de
mar, gorgonias o moluscos diversos).
Colocar
en la misma posición las rocas que se
hayan volteado o movido,
si no, la fauna fija de la parte
inferior, sucumbiría al quedar expuesta
a la
luz y a los depredadores.
No
romper erizos ni ostras para realizar
fotografías, o mostrar desde
más cerca peces a los principiantes. Si
realmente se considera necesario hacer
algo de este estilo, se pueden obtener
los mismos resultados rascando la
superficie de una roca con el cuchillo.
Los pequeños invertebrados y los
residuos orgánicos "sueltos" jugarán el
mismo papel.
Limitar
la utilización de luces potentes y, en
especial, evitar dirigir
las fuentes de luz directamente hacia
los peces "familiares" como los
meros.
Durante
una exploración, se debe haber aprendido
a no "pegarse" al
fondo, a no apoyarse sobre los declives.
Se deben dominar las técnicas para no
dar golpes de aletas a los animales de
vida fija y se debe saber que
provocando con el aleteo turbulencias se
está alterando el equilibrio de los
invertebrados y de la vida fija de la
zona.
Permanecer
perfectamente equilibrado y saber que en
los pequeños
desplazamientos verticales, la técnica
pulmonar es mejor y más ecológica
que las aletas.
Tomar una buena clínica de
flotabilidad.
Visitando
un desplome, una cavidad o la entrada de
una gruta, hay que
ser conscientes de que no podemos rascar
el techo o las paredes, con el
tanque.
Para limitar los golpes, se aconseja la
postura "de perfil"
Optar
por hacer inmersiones con grupos de
submarinistas poco numerosos,
aunque debe respetarse el número mínimo
de buceadores que son necesarios
para una inmersión segura. Variar de
itinerarios, salir de los senderos
"marcados", sobre todo en las zonas muy
frecuentadas.
No
anclar en las praderas, ni barreras de
coral. Seguir las burbujas de
los buceadores en superficie, es una
técnica muy aconsejable.
Para
los cascos de los barcos, utilizar las
nuevas pinturas antioxidantes,
que son menos tóxicas. Verter los
deshechos sólidos y líquidos (aceites
de vaciado) en las cubas receptoras que
poseen los puertos, nunca directamente
al mar.
NO
TIRAR BASURA AL MAR, EL PLASTICO ES LO
PEOR, TORTUGAS Y MAMIFEROS MARINOS
CONFUNDEN A ÉSTOS CON COMIDA.
Buceadores: Protejan el medio, no sacar
ni tocar nada. No dar vuelta ni
desplazar piedras.
Dominen, trabajen la flotabilidad,
aprendan a saber denominar algunas
especies comunes de peces y de
invertebrados, características, y saber
distinguir entre algas e invertebrados
fijos.
Instructores: Sensibilicen a los
buceadores en la protección del mundo
submarino. Introducirles en el "código
de conducta ecológica del
buceador".
Sepan organizar y dirigir inmersiones
temáticas, en función del interés
ecológico de las zonas y de sus
particularidades biológicas.
Sepan identificar las principales
especies, utilizando manuales
especializados.
Sé que en el país no hay mucho, pero
todos viajamos y podemos adquirirlos.
Saber un poco de, ecosistemas, cadenas
alimentarías, reproducción, hábitat
y condiciones de vida de las especies y
los factores de perturbación.
Informen a sus alumnos de lo que pueda
estar relacionado directamente o
indirectamente con el mundo marino:
biología marina, ictiología,
actividades, cursos, seminarios,
jornadas, etc.
Bueno, espero no haberlos aburrido con
tanta lata.
Siempre les digo a mis alumnos: el
poder estar en el gran azul, es una
bendición de
Dios.
Francesc Candel
Publicado en el
Diario
AVUI, 10/03/98
Traducido por Miquel Pontes
Tirar directamente al mar las basuras es
el recurso que utilizan los barcos en
particular y las poblaciones de la costa
en general. Resulta extraño que, de
todos estos residuos, sean los plásticos
los que tienen una repercusión más
inmediata sobre la vida marina. Debido
al hecho que la mortalidad que producen
entre la fauna marina no es epidémica,
sus víctimas pasan desapercibidas. Sus
consecuencias, pues, tienen poca
difusión en los medios de comunicación.
Resumiendo la cuestión, resulta que el
plástico comporta una peligrosidad que
no lo parece, porque no causa
repugnancia. Se podría decir que por su
limpieza y asepsia, no se le considera
contaminante. Además, es como si no
fuera agresivo contra nosotros, las
personas. Precisamente, su condición de
no degradable, que lo mantiene en cierta
manera indestructible, es lo que lo hace
peligroso para ciertos animales marinos
de voracidad insaciable.
Cerca de 42 especies marinas, como los
cormoranes y las gaviotas, entre otras,
ingieren trozos de plástico que
confunden con su alimento. Incluso
alimentan a sus crías con estos trozos.
Las tortugas los confunden con las
medusas, uno de sus manjares preferidos.
Aunque el plástico en sí no sea
peligroso, el animal puede morir
transcurrido un tiempo más o menos largo
a causa de la obstrucción de su aparato
digestivo como consecuencia de este
material.
Las muertes producidas por plástico con
las que se topan estos animales son
diversas: las aves que acostumbran a
sumergirse en el agua, como por ejemplo
los pelícanos, mueren de hambre porque
los picos se les quedan obturados. Las
tortugas mueren cuando quedan atrapadas
en las láminas, telas o trozos de
plástico.
A las focas les está reservada una
muerte lenta provocada por los restos de
embalajes de este material, enredados
alrededor de sus cuerpos y que se
mantiene sobre ellas durante todo su
periodo de crecimiento.
Hay más datos macabros sobre el tema. En
el Atlántico norte y en el Mediterráneo,
el 30 por ciento de los peces tienen
pelotas de plástico en los intestinos.
El plástico está en los intestinos de
numerosos animales, desde organismos
planctónicos de un centímetro, hasta los
mayores mamíferos marinos.
A un cachalote de doce metros, que fue
arrastrado por las olas hasta las costas
del Adriático, se le encontraron
cincuenta bolsas de plástico embutidas
en la garganta.
La autopsia de una tortuga de seis kilos
que apareció muerta en una playa de
Honolulu desveló que sus intestinos
contenían una cuerda, una bolsa, una
pelota, trozos de una botella, una
bolita, una flor, un trozo de un peine,
el tapón de un tubo de pasta dentífrica,
un trocito de un juguete y parte de una
jeringa. En total, dos kilos de
plástico...
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La depredación de la vida marina
y la muerte de los mares.
Por
David Román
El inexorable agotamiento de la vida
de los mares en los últimos años y la
insaciable avidez depredadora que
caracteriza al ser humano -condicionado
a consumir alimentos totalmente
inadecuados a sus necesidades psíquicas
y fisiológicas- son la causa de decenas
de conflictos pesqueros internacionales
que a veces desembocan en violentos y
mortales enfrentamientos -48 pescadores
senegaleses han muerto atropellados por
barcos arrastreros ilegales extranjeros-
protagonizados por una flota mundial
sobredimensionada, compuesta de 1,2
millones de embarcaciones cubiertas que
surcan los mares y océanos de todo el
mundo disputándose y esquilmando los
despojos cada vez más escasos de los
seres marinos destinados a satisfacer
los irracionales hábitos culinarios de
quienes -debido a la falsa percepción
del pescado como un alimento sano y
nutritivo- castigan sus maltratados
sentidos con sus caprichos dietéticos.
Un derroche de
vida aberrante e irracional
El escándalo de las vacas locas y la
preocupación por reducir el consumo de
alimentos ricos en colesterol ha
acentuado el interés por el consumo de
pescado y de carne de pollo, cerdo, etc.
Sin embargo, la gente desconoce que
tanto los cerdos como los pollos,
reciben los mismos restos de matadero
sospechosos de producir la temida
encefalopatía espongiforme bovina (EEB)
que sufren las vacas, además de otras
harinas de pescado procedentes de los 30
millones de toneladas de peces que cada
año se convierten en harinas, piensos,
aceite o fertilizantes utilizados
igualmente en la alimentación de
especies de acuicultura, en abono de
grandes cultivos o, incluso como
combustible fósil en centrales térmicas.
Si a la utilización de métodos
destructivos no selectivos de pesca y su
uso como subproductos para alimentar
otros animales, se suman las llamadas
capturas incidentales anuales de peces
no deseados o no permitidos que entran
en las redes y las especies de escaso
valor o alevines no comerciales que se
tiran por la borda -estimados entre 18 y
40 millones de toneladas, o unos 27
millones de toneladas según la
Organización para la Alimentación y la
Agricultura (FAO), sin tener en cuenta
los peces heridos que mueren después de
escapar de las redes-, el desperdicio
anual de vida marina alcanza los 60
millones de toneladas de peces. Para
comprender y juzgar la magnitud y las
consecuencias de tal derroche de vida y
los niveles de depredación y
esquilmación humana de los mares,
debemos conocer los métodos salvajes que
se emplean en las capturas de peces y
otros seres vivos: tortugas,
delfines, aves marinas, etc., que van
desde el uso de barcos dotados con
nuevas redes de arrastre cuya boca, del
tamaño de 8 campos de fútbol, es capaz
de engullir hasta 16 aviones Boeing 747
y redes de decenas de kilómetros (que
cubren una superficie marina de más de
treinta y dos mil kilómetros, donde caen
mortalmente atrapados millones de
animales de especies no deseadas), hasta
la utilización de explosivos para
seleccionar fácilmente los peces con
valor comercial, después de dinamitar
los arrecifes que les sirven de refugio
natural y el empleo de cianuro para
aturdirles (causando una gran mortandad)
después de romper el coral y acceder a
sus escondites.
Más de la tercera parte de los peces
capturados no se dedican directamente al
consumo humano, transformándose
mayormente en harina de pescado o
piensos para otros animales, con un
coste por kilo muy superior al de otras
materias primas vegetales: la
producción, por ejemplo, de 1 kilo de
pollo alimentado con harina de pescado
requiere la captura de 90 kilos de peces
que mueren, tras una lenta agonía, a
causa del shock, asfixiados, estrujados
y aplastados por el peso de otros peces
en las redes, congelados vivos en alta
mar a 196 grados bajo cero, o enterrados
vivos en sal o troceados como las
anguilas.
A pesar de ser una práctica
insostenible y deficitaria -altamente
aberrante y destructiva-, la pesca
industrial sólo se mantiene gracias al
generoso apoyo institucional.
Los derechos
ignorados del mar
Las críticas más habituales que se
producen en relación con las decenas de
conflictos pesqueros en todo el mundo
-por ejemplo, con Marruecos, o la guerra
del fletán o del bonito-, provienen del
movimiento ecologista y son de
naturaleza exclusivamente
conservacionista, limitándose únicamente
a la condena de las prácticas de
sobreexplotación de los "recursos
pesqueros" -cada vez más escasos y ricos
en productos tóxicos-, considerados
paradójicamente esenciales para
satisfacer las falsas necesidades
biológicas de proteína animal de la
humanidad, anteponiendo siempre a los
derechos de los peces y la vida del mar
unos intereses económicos egoístas
-supuestamente de orden divino, que
justifican y amparan la pesca y la
explotación de cualquier ser vivo con el
fin de comercializar y consumir sus
cuerpos contaminados en nombre de una
tradición culinaria irracional que
amenaza seriamente toda la cadena
trófica marina mundial.
El mar: despensa y
cloaca de la humanidad
El ser humano, no contento con matar
peces a gran escala, asfixiándolos
violentamente al separarlos de su
hábitat natural, destruye también la
vida marina y su propia salud con la
misma eficacia, aunque más sutilmente,
vertiendo toneladas de residuos
contaminados al mar -plagado de grandes
cantidades de alquitrán, aceite y
metales pesados, como mercurio o plomo-,
que ingieren los peces de los que
posteriormente se alimenta.
El mar Negro -el más contaminado de
todo el mundo- se ha convertido en los
últimos años en la cloaca de una gran
parte de Europa, donde van a parar
enormes cantidades de compuestos
fosforados, mercurio, DDT, aceite y
otros productos tóxicos, responsables de
la desaparición de 800.000 delfines -al
menos 2.500 mueren cada año atrapados
por redes de enmalle a la deriva en
aguas de la Unión Europea- y de la
pérdida de 21 especies de peces, igual
que sucede en el mar del Norte -otra de
las extensiones marinas más contaminadas
del planeta-, donde también se vierten
abundantes residuos químicos
industriales, aguas residuales,
pesticidas y metales pesados como el
DDT, PCB's (bifenilos policlorados),
cinc, cobre, cromo, níquel y mercurio.
Aunque los peces capturados en aguas
continentales corren un mayor riesgo de
estar contaminados, la abundancia de
productos químicos afecta igualmente a
los peces de alta mar que acumulan en
sus tejidos los contaminantes que
ingieren durante toda su vida, junto con
los otros peces que les sirven de
alimento: el pesticida DDT -prohibido en
los años setenta- se sigue encontrando
en los tejidos de los peces. Los altos
niveles de contaminación orgánica
(Bifenilos policlorados), metales
pesados y las toxinas naturales que
contienen los peces no se destruyen al
cocinar o congelar el pescado. Los
crustáceos, por ejemplo, contienen
niveles tóxicos de plomo, cadmio,
arsénico y otros metales pesados que
hacen muy arriesgado su consumo, ya que
cada año se producen envenenamientos e
infecciones parasitarias que afectan a
30 millones de personas.
La Organización Mundial de la Salud
(WHO) admite que no existe un nivel
seguro de ingestión de mercurio, cuya
fuente principal es el pescado. Una
típica lata de atún, por ejemplo,
contiene 15 microgramos de mercurio. La
insalubridad de los mataderos es bien
conocida, pero el pescado también se
contamina fácilmente durante su
manipulación con estafilococos y la
bacteria anaerobia Clostridium: el 40%
del pescado se empieza a estropear antes
de llegar al consumidor: Un estudio
realizado en 1987 por el Instituto
Holandés para la Investigación de la
Pesca, constató que las enfermedades de
la piel y los tumores cancerígenos
detectados en el 40% de la platija y el
lenguado se debían a la contaminación y,
en otro estudio, realizado el mismo año
en Alemania, se comprobó que el 42% de
sus peces capturados estaban enfermos.
Joseph Cummins, un profesor
canadiense de genética, ha advertido que
incluso las concentraciones "aceptables"
de PCB's (bifenilos policlorados) que se
acumulan en los tejidos grasos de los
peces podrían causar dificultades de
aprendizaje y trastornos en el
comportamiento de los niños.
En agosto de 1993, el Ministerio de
Agricultura y Pesca británico advirtió
también sobre los riesgos de consumir
anguilas contaminadas con el pesticida
dieldrín.
Los niveles de contaminación pueden ser
igual de preocupantes en los peces
provenientes de piscifactorías: en
análisis realizados en 1991, se comprobó
que cuatro de cinco muestras de salmón
obtenidas en los supermercados contenían
residuos de antibióticos y productos
químicos potencialmente dañinos.
Las subvenciones
pesqueras destruyen la biodiversidad del
planeta
La práctica de la pesca se ha
convertido en una actividad industrial
altamente esquilmadora y deficitaria,
con pérdidas que la FAO estima en 50.000
millones de dólares anuales. El mar no
da más de sí porque no hay peces
suficientes para satisfacer el creciente
consumo, y el derroche desenfrenado que
amenaza toda la biodiversidad del
planeta.
El derroche que siempre suele ser
deficitario, se hace evidente al ver las
cifras del ¿negocio? de la pesca: en
todo el mundo se gastan anualmente
124.000 millones de dólares para
capturar peces valorados en 70.000
millones de dólares, un déficit
difícilmente sostenible que evidencia
-además de la necesidad de unas
subvenciones generosas- una gran falta
de sentido común porque fomenta el
despilfarro y la destrucción de la vida
marina. La sobrepesca industrial en el
mar del Norte causó la muerte el pasado
mes de marzo a 50,000 aves marinas que
aparecieron muertas de hambre en la
costa de las islas Shetland, debido a la
esquilmación industrial desenfrenada que
-sin tener en cuenta la complejidad de
los ecosistemas- roba y destruye la vida
y el alimento de otras especies para
destinar, por ejemplo, el 50% de los
peces capturados a la fabricación de
piensos y la producción de velas y
betún.
En España, el sector pesquero -con
una flota de 19.000 barcos de pesca-
ocupa el primer puesto de la Unión
Europea, que aporta actualmente una
importante ayuda económica de 180.000
millones de pesetas como parte de las
inversiones previstas hasta el año 1999
de 400.000 millones de pesetas, para
renovar la flota -compuesta por un 60%
de barcos con más de veinte años de
antigüedad- y adaptar la actividad
pesquera nacional, en todas las zonas
marítimas, a las nuevas exigencias de
las pesquerías internacionales. La
Administración central también abonó
ayudas por valor de casi 13.000 millones
de pesetas en 1994.
El agotamiento de las pesquerías
causa de conflictos y desequilibrios
ambientales
La totalidad de las 17 pesquerías más
importantes del mundo han alcanzado o
sobrepasan ya sus límites de plena
explotación y 13 se encuentran agotadas
o seriamente deterioradas, como sucede
con las poblaciones de bacalao y
arenque. Desde los años setenta, las
capturas de bacalao han descendido, de
380.000 toneladas a 60.000 toneladas en
la actualidad, y en los últimos cuarenta
años la población de arenque se ha
reducido a un tercio.
Las presiones de los estados
ribereños para conservar y explotar
directamente las diferentes especies
marinas de las zonas bajo su control
afectan muy especialmente a la flota
española, ya que las dos terceras partes
de sus capturas anuales medias de 1,4
millones de toneladas de peces se
obtienen cerca de las costas; en los
caladeros exteriores más ricos del
planeta, lo cual requiere innumerables
acuerdos comunitarios y privados para
mantener la actividad de la flota. El
enorme desarrollo del sector pesquero
industrial provoca conflictos armados y
diplomáticos internacionales, y la
muerte de millones de seres marinos, a
causa de la sobreexplotación de los
mares y la alteración de los hábitats y
ambientes litorales.
Focas y peces
víctimas de la política y la creciente
presión depredadora humana
El colapso casi total de las
pesquerías del gran banco de Terranova y
del Atlántico, donde en los últimos
quince años las poblaciones de bacalao,
eglefino, platija, mero, atún, etc., se
han reducido hasta en un 90% a causa
del empleo abusivo de métodos de pesca
destructivos y al exceso de capturas; en
particular la sobreexplotación de
capelin (un pequeño pez del que se
alimenta el bacalao), ha sido la excusa
del Gobierno canadiense -que quería
contentar a sus pescadores por motivos
políticos- para permitir la masacre de
1.500.000 de focas arpa en los próximos
años, empezando con la matanza de cerca
de cuatrocientas mil focas este año,
ignorando deliberadamente los
exhaustivos estudios de la Asociación
Internacional de Mamíferos Marinos, que
demuestran el escaso impacto depredador
de estos animales en las poblaciones de
bacalao. Las focas se alimentan
principalmente de peces que se salen de
las redes y su consumo representa menos
del 0,002% de las capturas.
El alto consumo de pescado en España
-si se compara el consumo estimado de
unos cuarenta kilos por habitante y año,
con los 22 Kg. de Canadá y los cinco Kg.
escasos de los países pobres- ha
provocado un fuerte incremento pesquero
y una mayor presión depredadora, debido
a la mejora de los equipos de
navegación, teledetección y medios de
pesca utilizados y a los sistemas más
eficaces de conservación de los peces
capturados, que permiten una mayor
actividad y autonomía a la flota en los
caladeros, y un nivel superior de
capturas, de peces cada vez más jóvenes.
Para mantener el nivel actual de la
demanda de pescado -una media mundial de
más de 13 kilos por persona y año-,
serán necesarios 80 millones de
toneladas en el año 2000, y 91 millones
de toneladas en el año 2010, frente a
los 72,3 millones de toneladas de 1993.
La FAO reconoce la pérdida de cerca del
setenta por ciento de los caladeros de
todo el mundo -que actualmente se
encuentran esquilmados, sobreexplotados
o al máximo nivel de explotación
posible- y considera que el aumento de
volumen deberá obtenerse de la
acuicultura, con métodos de pesca más
selectivos y un mayor control para
evitar los descartes (tirar los peces
capturados moribundos al mar).
El incremento exponencial de capturas
de peces, pasando de apenas 3 millones
de toneladas a primeros de siglo a los
más de 100 millones en la actualidad, y
de las flotas pesqueras de países como
Japón, Taiwan, China, Corea o Indonesia,
que han tenido un crecimiento en los
últimos veinte años tan marcado como el
de sus propias poblaciones, y el hecho
de que muchos pescadores de países como
Marruecos, Chile, Senegal o India pidan
la reducción de las flotas extranjeras
en sus aguas -donde faenan los
pesqueros españoles-, son claros signos
de una grave crisis pesquera y
medioambiental que requiere de
soluciones ecológicamente responsables y
no de parches como la acuicultura, que
representa una amenaza adicional a la
salud del planeta.
Las
piscifactorías y su impacto devastador
en la vida marina
La cría intensiva de peces en jaulas,
tanques o celdas marinas es una práctica
mundial desde hace cientos de años,
similar a la cría intensiva de animales
terrestres, tanto en los métodos
utilizados -restricción de movimientos,
alimentación controlada, manipulación-,
como en la crueldad y la falta de
respeto y consideración hacia los
intereses y las necesidades de otros
seres vivos, que mueren atrapados y
ahogados en las redes que impiden a las
focas, aves, delfines, marsopas, etc.,
el acceso a los peces aprisionados. Los
acuicultores acostumbran a disparar a
menudo contra las focas, garzas y
cuervos marinos -incluso contra animales
protegidos como las nutrias- que se
acercan a comerse "sus" peces, y se
estima que sólo de este modo mueren
3.000 focas en Escocia cada año.
Lejos de ser la panacea que algunos
proponen, la acuicultura -un sistema de
explotación intensiva de peces y
animales marinos totalmente dependientes
y propensos a las enfermedades, causadas
por el estrés, las manipulaciones y el
confinamiento- es una industria
tecnológicamente dependiente, cuyos
devastadores efectos sobre el paisaje y
la naturaleza, se deben también a la
introducción de especies foráneas y
agentes patógenos en el medioambiente, y
que requiere en todas las fases de
explotación -para acelerar el
crecimiento de los peces- piensos,
fertilizantes y medicinas que alteran la
composición química del agua y degradan
su calidad.
La eliminación de viejos manglares
para la cría del camarón está causando
un daño ecológico irreparable en algunas
partes del planeta. Los peces, al
escapar de sus jaulas, pueden transmitir
a los que viven fuera sus enfermedades,
y los que han sido manipulados
genéticamente pueden también criar con
ellos. Un estudio llevado a cabo por el
Centro de Investigación de la Pesca de
los EEUU, sobre 40 especies de peces ya
extintos, descubrió que las especies
introducidas contribuyen a eliminar el
68% de las especies nativas.
El hacinamiento y la competencia por
los alimentos genera agresiones entre
los peces, que se muerden la cola y las
aletas, llegando excepcionalmente al
canibalismo. Los acuicultores combaten
este comportamiento con un sistema de
gradación que consiste en privarles de
alimento durante 12 horas, para después
separarlos según su tamaño. La gradación
es muy estresante para los peces, que se
desinteresan por la comida, pierden
peso, e incluso llegan a morirse.
Las piscifactorías también producen
grandes cantidades de residuos. Una
tonelada de truchas genera la
contaminación equivalente a las aguas
residuales sin depurar procedentes de
200 a 500 personas. Aunque los restos
orgánicos acumulados (heces y alimentos)
no sean tóxicos, éstos pueden dañar la
bahía o la zona costera donde estén
situadas, debido a la eutroficación que
consume todo el oxígeno del agua, y
asfixia los peces u otros organismos. La
complejidad de la naturaleza es
imposible de recrear incluso con la
ayuda de la tecnología más sofisticada.
En un estudio irlandés se descubrió
que el 94% de las larvas de los piojos
marinos -que destruyeron sus pesquerías
de truchas- procedían de piscifactorías
dedicadas a la cría de salmones. Las
tentativas para tratar el problema cor
Diclorvos -un pesticida que aparece en
la lista roja de sustancias peligrosas
del Gobierno- enfureció a los pescadores
locales de mariscos, conscientes de que
este potente pesticida es mortal para
los crustáceos y otras formas de vida
marina en concentraciones de tan solo
0,1 partes por millón.
La matanza anual de millones de peces
implica nuevos y terribles padecimientos
para los seres marinos, al no existir
ningún tipo de reglamentación que evite
su sufrimiento y regule el trato que
reciben. La mayoría no reciben ningún
alimento durante uno o dos días antes de
morir lentamente asfixiados, después de
ser separados violentamente del agua,
tras quince minutos de agonía en el
hielo. Otros métodos, igualmente
crueles, consisten en cortarles las
branquias para que mueran desangrados,
en golpearles la cabeza, o en la
electrocución. Los tanques de
aturdimiento llenos de dióxido de
carbono -que a veces se utilizan para
reducir el dolor- les inmoviliza en un
minuto pero, sin embargo, pueden tardar
hasta tres o cuatro minutos en perder la
sensibilidad.
Las generosas subvenciones públicas
incentivan la proliferación de
piscifactorías, un negocio que, según un
informe de 1992, realizado por
Compassion in World Farming (CIWF)
derrocha hasta el 90% de los alimentos
utilizados. A pesar de lo cual, el
aumento sostenido de la acuicultura, a
un ritmo de crecimiento de un millón de
toneladas de peces al año, elevó la
producción de animales marinos, en 1993,
a un nivel mundial de capturas de 16
millones de toneladas de peces, cifra
que, éticamente, no debe representar la
cantidad de un producto, sino el elevado
número de vidas, brutalmente sesgadas,
de millones de animales marinos.
En España, las explotaciones de
acuicultura marina alcanzaron en 1994
casi las 160.000 toneladas: 152.000
toneladas pertenecientes a moluscos y el
resto a peces y crustáceos. En la
actualidad hay 116 proyectos de
acuicultura que cuentan desde 1994 con
una subvención europea y nacional
conjunta superior a 900 y 250 millones
de pesetas, respectivamente, para una
inversión prevista de 2.500 millones de
pesetas. Galicia -con 99 proyectos de
acuicultura- es la comunidad autónoma
que más destaca por su alto número de
proyectos, que lamentablemente se suman
a otras explotaciones intensivas de
animales, de la industria peletera
local, cuyo negocio se basa igualmente
en la explotación cruel e innecesaria de
otros seres sensibles.
Los seres marinos
sienten y sufren
Aunque los peces no expresen el dolor
del mismo modo que nosotros, se ha
comprobado científicamente que todos los
animales vertebrados (incluidos los
peces) experimentan sensaciones de dolor
ante cualquier estímulo dañino, a través
de procesos neurofarmacológicos
similares. En 1976, una investigación
independiente constituida por la RSPCA
(Asociación para la Prevención de la
Crueldad con los Animales), encontró
pruebas suficientes para comparar el
dolor que sienten los peces con el dolor
que manifiestan otros animales
vertebrados.
Los peces no son meros recursos a
explotar, sino seres libres que merecen
todo nuestro respeto. Si consideramos
que no existe razón alguna para
continuar destruyendo la vida de los
mares ni para consumir los despojos
contaminados de otros seres vivos, que
carecen de fibra y tienen un exceso de
grasa, debemos rechazar el consumo de
pescado y condenar las destructivas
prácticas de pesca que hacen peligrar la
salud y el equilibrio biológico de todo
el planeta.
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